Para encontrar el cielo no busques tan allá, aunque no te hayas dado cuenta, tú sabes dónde está.
Para encontrar el cielo no busques tan allá, aunque no te hayas dado cuenta tú sabes dónde está. Así olvidas los sueños mecidos por el mar, sueños de los que jamás debimos despertar.
Cuando nos crucemos no me llores, por favor, ya sabes que llevo para ti siempre una flor. Si quieres que te dé mi flor, susurra en mi oído y convénceme. Si quieres que te dé mi amor, tendrá que ser otra vez.
Cuando me quedo solo y me da por pensar, pienso tu cuerpo desnudo y ya no puedo parar. Tu boca se aproxima... tus manos ¿dónde irán? tu lengua me domina y pierdo la voluntad.
Cuando nos crucemos no me mires con rencor, ya sabes que llevo para ti siempre una flor. Si quieres que te dé mi flor, susurra en mi oído y convénceme. Si quieres que te dé mi amor, tendrá que ser otra vez.
Si quieres que te dé mi flor, susurra en mi oído y convénceme. Si quieres que te dé mi amor, tendrá que ser otra vez.
"Sin música la vida sería un error." (F. Nietzsche)
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"He surcado diez caminos, cruzado miles de ríos. ¿Cómo puede el mundo rodar sín que se escuche su ruído? He habitado cientos de casas, ahora en un desierto vivo. Me amarás cuando esté muerto, me querrás cuando por fín me haya ido."
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante, mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia, fieramente existiendo, ciegamente afirmado, como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente los vertiginosos ojos claros de la muerte, se dicen las verdades: las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados, piden ser, piden ritmo, piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto, con el rayo del prodigio, como mágica evidencia, lo real se nos convierte en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto, para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos, nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren y canto respirando. Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos, y calculo por eso con técnica qué puedo. Me siento un ingeniero del verso y un obrero que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta a la vez que latido de lo unánime y ciego. Tal es, arma cargada de futuro expansivo con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada. No es un bello producto. No es un fruto perfecto. Es algo como el aire que todos respiramos y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado. Son lo más necesario: lo que no tiene nombre. Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.